lunes, 9 de enero de 2006

Cario

La noche caía silenciosa sobre la aldea junto al Santuario de Endovélico. Apenas dos horas antes, los cánticos que acompañaban al sacrificio ritual se mezclaban con las llamadas de las trompas del ejército romano, acampado a las puertas del pequeño poblado Bético.
Sentado frente a la lumbre, Cario, hijo de Conimbro, removía las brasas con el atizador mientras los recuerdos afloraban a su mente. De la habitación contigua llegaba el sonido acompasado de la respiración de su amada Casandra y los ligeros ronquidos del pequeño Nauro.
Moviendo la cabeza como si quisiera ahuyentar algún amargo recuerdo, se incorporó para echar otro leño al fuego, pensando en la larga vigilia que le esperaba. A Cario le costó reconocerse a sí mismo en la silueta de aquel hombre fornido de barba grisácea que le observaba desde el espejo de cobre. Atrás había quedado la figura del joven de cabellos negros y rebeldes. Atrás aquel cuerpo fuerte y curtido en la batalla. Ahora, cuando se acercaba a su cuarenta aniversario, únicamente las cicatrices que marcaban su cuerpo atestiguaban aquel pasado que un día se fue para no volver.
Dejó vagar su pensamiento hacia aquellos días de su juventud, cuando vivía junto a sus padres en la populosa Gadir. Su padre, comerciante de especias, había llegado a poseer dos barcos. Su madre, hija de un sacerdote del templo de Heracles, era experta en hierbas medicinales, cuyos secretos había ido trasmitiendo a Cario pacientemente.

Las imágenes se sucedían en la memoria de Cario con nitidez, como si hubieran ocurrido ese mismo día. Se vio a los quince años, corriendo junto a su inseparable amigo Hiarbas hacia los corrales de la plaza del mercado. Acariciaban a un hermoso semental blanco que se había separado de la manada cuando la confusión se apoderó de la plaza. Se levantó un gran griterío. La multitud corría de un lado para otro entre nubes de polvo. De pronto, Hiarbas levantó su mano señalando hacia la gran puerta de la plaza. Por encima de la polvareda avanzaban dos insignias con el águila de Roma, balanceándose lenta pero inexorablemente hacia ellos. Cruzaron la plaza esquivando a la turba que corría enloquecida y alcanzaron la puerta sur poco antes de que la patrulla sellara el recinto. La casa de Cario estaba al norte, junto a los acantilados que se asomaban al estrecho. Sin dejar de correr se separó de Hiarbas y continuó colina arriba, oteando con preocupación las densas columnas de humo que se alzaban sobre su cabeza.
Frenó en seco al doblar la esquina. Lo que hasta esa misma mañana había sido una hermosa casa encalada con un primoroso patio bordeado de jazmines, era ahora una masa irreconocible de piedras y cascotes humeantes. Entró en el patio jadeando. El cadáver calcinado de su padre yacía con una jabalina clavada en la espalda, cerca del arco de entrada. Horrorizado, corrió hacia el interior de la casa. En la cocina aún humeante, halló el cadáver de su madre. Su túnica estaba desgarrada y su cuerpo mancillado cubierto por la sangre que aún manaba a borbotones del tajo que había seccionado su garganta. Tomó su cabeza y, abrazándose a ella, la apoyó sobre su regazo. El sufrimiento que aún mostraban sus ojos sin vida le perseguiría durante años en sus presadillas. No recordaba cuanto tiempo estuvo allí, cubierto de sangre y abrazado a aquel cuerpo inerte. Repentinamente, notó que unos brazos fuertes y peludos le arrancaban del suelo y le llevaban en volandas hacia el exterior. Intentó librarse mordiendo con fuerza el brazo que le sujetaba. Sonó una imprecación en latín y sintió un golpe en la sien que le dejó sin sentido.

Retiró los ojos del espejo de cobre al sentir que las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Con gesto abatido, dejó caer un leño en las llamas, hundiéndose de nuevo en sus recuerdos: fue conducido junto a otros cautivos en la bodega de un carguero apestoso hasta las proximidades de Onuba, donde fueron vendidos como esclavos para trabajar en las minas de plata. Con todo, su suerte no fue peor que la de las muchachas, obligadas a prostituirse en los burdeles del enclave minero, o la de los ancianos y enfermos, asesinados en el mismo momento. Sobrevivió a aquel horror diez años. Diez años de duro trabajo que endurecieron sus músculos; diez años cubierto de pústulas bajo el látigo que endurecieron su resistencia; diez años viendo morir a sus compañeros que endurecieron su carácter; diez años en los que aprendió que la vida no vale nada sin libertad. Por esa razón, el día que las tropas rebeldes ocuparon el enclave, nada quedaba del alegre muchacho que un día habían arrastrado hasta las minas. No dudó en estrangular con su propia cadena al guardián que le vigilaba y unirse al grupo de guerreros, que dirigía un joven lusitano de mirada limpia y modales toscos: Viriato.

Cabalgó junto a él siete años. Fue testigo de su encumbramiento cuando rompió brillantemente el sitio de Tucci, de la aplastante victoria sobre Cayo Vetilio, del asedio de Erisane y, por último, de la ignominiosa traición de Audax y sus secuaces. Cario fue uno de los primeros en arrodillarse ante el lecho de muerte del caudillo y lloró su pérdida amargamente. Toda esperanza de triunfo se desvaneció con él. Tras la disolución del ejército lusitano, vagó sin rumbo por la Bética durante algunos años. Vivía de la caza y ocasionalmente realizaba algunas curas gracias a su conocimiento de las hierbas medicinales, que había ampliado en campaña, pero se negó a unirse a las bandas desorganizadas que asolaban la región dedicadas al pillaje.

Un invierno se presentó aterido de frío a las puertas del poblado que rodeaba al santuario del dios Endovélico, en el Monte de la Diosa. Se dirigió a comprar un cabrito para realizar la ofrenda al dios, pero cuando entró en la cabaña del mercader, una visión cegó sus ojos: ante él se presentó la muchacha más hermosa que jamás había visto. Su tez morena evidenciaba su procedencia púnica; su cabello negro y ensortijado caía en graciosos bucles sobre su espalda, adornando una figura menuda y esbelta. Pero, sobre todo, le cautivaron aquellos ojos negros, los más grandes y limpios que Cario había visto en su vida. Se enamoró al instante de la doncella y, jurándose a sí mismo que algún día la conquistaría, supo que su búsqueda había terminado.
Aún tuvo que pasar otro año hasta que Casandra le abriera su corazón. Durante este tiempo, Cario se instaló en el poblado, utilizando su conocimiento de las hierbas curativas entre los peregrinos que venían a orar al dios. De esa forma logró comprar una casa decente en el camino que llevaba del poblado al santuario y pagar la dote de la joven. La boda, a la que asistieron todos los habitantes de la aldea, se celebró un radiante día de verano. El dios tardó varios años en bendecirles con el nacimiento de su hijo Nauro. Fueron años de felicidad y alegría, dedicados a su amor y al trabajo. A la muerte del padre de la joven, pasaron a regentar el negocio familiar. Para cuando nació Nauro, Cario ya dirigía un próspero negocio, muy solicitado por los peregrinos que recalaban en el santuario para hacer sacrificios rituales en busca de curación, prosperidad o augurios. Negocio que había ampliado con la ayuda del sacerdote de Endovélico, que apreciaba sus conocimientos de las artes curativas, pues atraían a numerosos peregrinos que se acercaban para sanar tumores y otras infecciones.
Nauro cumplió cinco años en medio de la prosperidad y Cario ofreció cinco cabritos blancos al dios, en agradecimiento por los dones recibidos. Esa misma noche, Endovélico se le apareció en sueños. Cario confió su sueño al sacerdote y juntos sacrificaron un toro blanco al dios. El anciano leyó el augurio en sus entrañas y, al terminar, confirmó el mensaje: el santuario caería en desgracia y pronto sería reducido a cenizas. Ante la interpelación de Cario, el venerable asceta únicamente se encogió de hombros, aduciendo que nada se podía hacer si aquél era el designio de los dioses.
A la mañana siguiente comenzaron a llegar con los peregrinos noticias de una nueva ofensiva de Escipión sobre la Bética. Desde los cuarteles de Corduba, los ejércitos romanos habían reconquistado Obulco y Tucci. Cada día llegaba la noticia de una nueva plaza conquistada. Cario conocía de sobra la ferocidad con que las tropas se daban al pillaje y el destino que les esperaba si caían en sus manos. Intentó en vano convencer a Casandra de que debían vender el negocio y trasladarse al norte. La rebelión de Onuba a mediados del verano, que se pagó con la muerte del pretor Lucio Dalmacio, terminó por empeorar las cosas. Escipión clamó venganza y juró ante sus dioses que no dejaría un hombre vivo en toda la Bética, capaz de empuñar un arma. Onuba fue reconquistada y mil hombres ejecutados ese mismo día. El resto de los habitantes de la ciudad, más de diez mil almas entre mujeres y niños, fueron conducidos como esclavos a la Mauritania. Después de eso, los ejércitos avanzaron sin oposición por el valle del Betis.
Hacía dos días que habían acampado a la entrada del poblado, protegido por una pequeña empalizada de madera. El sacerdote de Endovélico salió a recibirles en persona, avisándoles de que pisaban el suelo sagrado del mayor santuario de la Bética. Enviaron un emisario al cónsul y el anciano fue retenido como rehén. La ciudad fue cercada y las tropas quedaron a la espera del regreso de los mensajeros. Al día siguiente llegó Escipión en persona y decretó que aquel lugar sagrado debía ser arrasado para demostrar al pueblo lusitano la fuerza imparable de los dioses de Roma. El anciano fue decapitado y devolvieron su cabeza por encima de la empalizada. Los romanos erigieron un altar a Júpiter y pasaron el día siguiente haciendo sacrificios ante él. Al caer la noche, un silencio lúgubre se adueñó del lugar.

Comenzaba a clarear. Cario se levantó apartando los ojos del fuego. Tomó su espada, que guardaba perfectamente engrasada junto a su armadura, y se dirigió hacia el lecho donde Casandra y Nauro dormían apaciblemente. Observó largamente el rostro de su esposa. Al mirar las largas pestañas que cubrían aquellos ojos dormidos que tanto amaba y la curva del talle que se dibujaba sinuosa bajo las sábanas, sintió que el valor le abandonaba. Sacudió la cabeza, ahuyentando la emoción: "tú no serás pasto de las alimañas" - susurró dominándose - "ninguno de nosotros lo será". Besó la frente de su hijo. Sus dedos jugaron por última vez con sus bucles mientras las lágrimas resbalaban por su rostro. Besó los labios de su esposa, que se rebulló en el lecho dulcemente. Luego, alzando la espada, segó con un tajo seco y certero aquella vida que amaba más que a la suya. Las piernas le flaquearon y tuvo que apoyarse en la cama para no caer. Incorporándose, se giró hacia su hijo. Nauro seguía durmiendo. Apoyó la punta de su arma sobre el pecho del infante y, con fría determinación, la hundió con fuerza. Ni un suspiro salió de su boca. En estado de trance, Cario vistió su armadura de cuero, tomó su viejo yelmo y salió de casa.

Acababa de amanecer cuando los asombrados centinelas vieron abrirse la puerta de la empalizada y salir a un guerrero que se dirigía a galope tendido hacia sus filas. Para cuando las trompetas dieron la voz de alarma, aquél ciclón había llegado hasta el centro del campamento. Varias saetas atravesaban su peto de cuero, pero aún así se abrió paso hasta la mismísima tienda del cónsul. Descabalgó a la carrera y se precipitó bajo el toldo, donde un sorprendido Escipión aún no había tomado sus armas. La guardia personal del cónsul que le cerró el paso tuvo que emplearse a fondo, incrédulos ante aquel torbellino gris que, con el cuerpo atravesado por las flechas y manando abundante sangre, se negaba a morir bajo sus estocadas. Cuatro hombres cayeron antes de que el guerrero muriera, al fin, a escasos pasos de su destino. El propio Escipión le asestó el golpe de gracia. Cuando hundió la espada en su pecho, un terror místico le dominó al ver el rostro de aquel hombre que, con fuerza sobrenatural, había llegado hasta el centro de sus posiciones dejando tras de sí un reguero de cadáveres y ahora mostraba una sonrisa de paz y felicidad.