miércoles, 15 de febrero de 2006

El último tren

(Namibia Desert Express)

Todo empezó hace un mes, durante mis últimas vacaciones en Egipto.
Paseando por el zoco de El Cairo, encontré a la venta un maletín blindado, de esos que se usan para guardar las cámaras fotográficas. Tenía buen aspecto y se me ocurrió que me vendría bien, en vista del violento traqueteo al que se había visto sometido mi equipo en los últimos desplazamientos. Tras un breve regateo, conseguí la pieza a un precio más que razonable.

Una vez en el hotel decidí limpiarlo a fondo, ya que estaba lleno de arena y ésta es fatal para los objetivos. Al desmontarlo, bajo una plancha de gomaespuma, apareció una carta manuscrita. Imagino que si no hubiera estado escrita en castellano habría acabado en la papelera, pero al estar en mi lengua no pude evitar que mis ojos se deslizaran por las primeras líneas.

Estaba escrita pulcramente, sin faltas de ortografía. La letra era pequeña, de caligrafía cuidada y trazos elegantes, algo acostados hacia atrás. La regularidad de sus líneas simétricas y limpias se había roto en un par de ocasiones, como si el papel cuadriculado se hubiera movido bruscamente mientras escribían.
Alguien se había dedicado a quitar pacientemente los restos de papel que deja el alambre después de arrancar la hoja.



"No creo en las casualidades. No creo que este desierto en el que acabaré mis días se haya cruzado en mi camino por casualidad. No creo que el destino estropease mi avioneta y me salvara del accidente, para luego dejarme abandonado a miles de kilómetros de cualquier parte, con la única compañía de mi cuaderno, mi bolígrafo y mis recuerdos. No creo que este cofrecillo gris que hace un rato guardaba mi cámara espere mis últimas notas porque sí, ni creo que los que lo encuentren algún día lo hagan por casualidad. Y tampoco pienso que sea por azar que, en este momento final, me acuerde precisamente de ti: una imagen fugaz en mi memoria, sin nombre, casi sin rasgos, apenas una sensación que me cuesta fijar, gastada de tanto y tanto rememorarla. Quizás porque me niego a creer que el azar hiciera que aquella lejana mañana ambos perdiéramos el mismo tren, atrapados en esa pequeña estación de provincias; que decidieras matar el tiempo en la mesa de billar; que mis ojos se posaran en tu espalda; que mi mirada resbalara distraída por la curva de tu traje de chaqueta.

Tu mirada se encontró con la mía, que ascendía por tu cuello para refugiarse en la sombra de esa vaga promesa de terciopelo que adivinaba en tu nuca.
Esquivé el acero de tus ojos durante un instante, buscando instintivamente el abrigo familiar de la punta de mis zapatos. Cuando creí que había pasado el peligro y volví a alzarlos, allí estaban los tuyos, esperándome. ¿Me equivoqué al sentir cierta dosis de divertida curiosidad en ellos? Acertase o no, aquellas chispas que creí adivinar en tu mirada me animaron a seguir. Extrañamente, en aquella ocasión conseguí vencer ese pudor que, de forma invariable, me impulsa una y otra vez a esconderme detrás de mi coraza de fría indiferencia. Tu mirada actuó sobre mí como un bálsamo, calmando el dolor de mi soledad. Un bálsamo cuyo recuerdo aún apaga la sed que hoy me abrasa la garganta. Sobraban las palabras. Permanecimos así, mirándonos, durante unos minutos dichosos, eternos. Finalmente me levanté y salimos tomados del brazo, como si lleváramos haciéndolo así desde el principio de los tiempos.

Aún te veo apoyada en la barandilla de la habitación del hotel. El contraluz insinúa tus formas bajo la combinación de seda. Un tren se detiene bajo el balcón, chirriando con estrépito. En aquel momento nos miramos angustiados y acordamos tácitamente alargar este paréntesis al máximo. Dejamos pasar varios convoyes desde la habitación de aquel hotel de provincias, conscientes de que con cada tren prorrogamos lo inevitable, hasta que tu mirada me anuncia que el próximo será el definitivo.

Ahora sé que el que me acecha entre las dunas es ése mismo tren. El tren al que subiste aquella tarde mientras mi mirada se colaba bajo tu falda, separándote para siempre de mí. Aquél que debí tomar, cuyo descarrilamiento conmocionó a todo el país. Ese tren que ya oigo silbar entre la arena y que esta vez no perderé, dejando esta maleta gris sobre el andén."


(www.kshs.org)


No deja de ser curioso que este hombre diga que no cree en el destino, mientras éste le juega tantas malas pasadas. Por mi parte, tampoco creo que la casualidad o el azar muevan nuestros pasos, sino nuestras decisiones. Todo depende de cómo quieras ver las cosas.
Por ejemplo: ahora estoy escribiendo mi diario, como cada día, esperando al tren que me llevará al trabajo. ¿Es una casualidad que esté anotando una historia de trenes sentado en el banco de una estación? Si, en lugar de tomar mi tren como todos los días, decidiera coger un taxi y tuviéramos un accidente, ¿debería culpar al destino o a mi decisión?

En fin, aquí llega el tren. Mañana continuaré con mis reflexiones.

Madrid, a 11 de Marzo de 2004

Namibia Desert Express

viernes, 10 de febrero de 2006

Guillermo

(http://www.geocities.com/gordonwdrysdale/fkx531saskatchewanlargeview.html)

Guillermo se secó el sudor que empapaba las palmas de sus manos. Esperó una eternidad escondido en la cuneta, oculto tras los matorrales. Para matar el tiempo, abrió el bocadillo que le había preparado su madre y comenzó a mordisquearlo. Al cabo de un rato comenzó a oír el sonido familiar de la camioneta. Un chiquillo pelirrojo con la cara llena de pecas apareció tras la verja, al otro lado del camino. La llave chirrió en la cerradura y poco después apareció en la linde una vieja camioneta verde, que esperó traqueteante a que el muchacho cerrara. Al fin, la destartalada Chevrolet se alejó entre estampidos rodeada de una gran polvareda. Tuvo que apoyarse sobre una roca hasta que sus piernas entumecidas estuvieron preparadas para soportar todo su peso. Sonriendo con malicia, cruzó el sendero y se dirigió hacia la verja.
Con gran esfuerzo, encaramó su humanidad de doce años en una de las piedras bajas y depositó el frasco con la rana en una oquedad a mitad de camino sobre el muro. Resoplando, comenzó a escalar por las rocas llenas de musgo. Los pantalones le apretaban y le impedían subir las piernas lo suficiente para avanzar. Rojo por el esfuerzo, arrastró su barriga por la piedra hasta alcanzar de nuevo el frasco de cristal. Se detuvo respirando con dificultad y se sacudió malhumorado el suéter, que se había llenado de virutas de ramas y musgo seco. Aún en precario equilibrio, sacó del bolsillo un bombón. Casi se cayó al sacarlo de su envoltorio, pero se las ingenió para sujetarse a tiempo. Volvió a repetir la operación con el frasco. Esta vez pudo dejarlo sobre el muro alzándose de puntillas, empujándolo a ciegas con las yemas de sus dedos regordetes. Se remangó el suéter y volvió a estirarse hacia arriba. Tanteando a ciegas sobre el muro, sus dedos encontraron un agarre. Mirando hacia abajo, encontró un lugar donde poner el pie para izarse. Se escuchó el sonido de tela al rasgarse. Enrojeció más si cabe al darse cuenta de que la costura de sus pantalones acababa de ceder. Consiguió izar su cuerpo y, girando sobre su barriga, pasó sus piernas rollizas al otro lado del muro. No había contado con que a este lado la altura hasta el suelo era mayor. La piedra sobre la que apoyó el pie cedió y terminó dando con sus posaderas contra el piso cubierto de maleza. Frotándose la carne magullada, miró con rencor hacia la parte superior, donde había quedado el frasco con su rana.
Intentó escalar para recuperarla, pero la cara interior del muro era más lisa y apenas encontró una pequeña grieta donde encaramarse. Alargó el brazo todo lo que pudo, se aupó sobre la punta de los pies, pero no pudo alcanzarla. Al final tuvo que abandonar la tarea, congestionado y empapado en sudor.

Tras asegurarse de que no había nadie vigilando, avanzó hacia la vieja casona que se erguía en lo alto de la colina. Al tejado de pizarra le faltaban algunas piezas y las paredes de madera necesitaban una mano de pintura. Cruzó la finca con las manos en los bolsillos, orgulloso de su astucia. Lo más difícil había sido convencer a su madre de que no hacía falta que lo acompañara. Se despidió de ella en la callejuela del mercado.
- "Me estarán esperando para embarcar inmediatamente" - había argumentado con fingida seguridad - "únicamente conseguirías retrasarnos".
Recordó con satisfacción a la incauta, tan contenta porque hubiera decidido ir de pesca con el tío Enrique y sus primos. ¡Sería ilusa! Lo tenía claro si pensaba que iba a pasarse cinco días metido en una apestosa barca con el pesado del tío Enrique: "monta así el anzuelo, Guillermito; no te muevas bruscamente, Guillermito; no cantes, Guillermito; no grites, Guillermito...". Guillermito por aquí y Guillermito por allá. Y los mocosos de sus primos haciendo muecas a sus espaldas: "Guillermito, Guillermito...". ¡Por él ya se podían comer su estúpido barco!
Ahora, le esperaba un largo puente de cinco días, con toda la casa a su disposición. Y aún tendrían suerte si no les dejaba un regalito, al final, en pago de su deuda.
Vigiló cuidadosamente las cortinas, a medida que se acercaba a la casa. No parecía que hubiera nadie. De todas formas, subió los escalones del desvencijado porche hasta la puerta principal y llamó con los nudillos.
- "¡Tío Enrique, soy Guillermo!" - voceó disimulando.
Sonrió satisfecho al no obtener respuesta. Aún así, bordeó la casa y tocó en la puerta de la cocina con idéntico resultado.
- "¡Bien!" - exclamó en voz alta, frotándose las manos. Encaramándose de puntillas, se asomó a la ventana del salón. Ya se veía sentado ante la chimenea, fumando en la vieja pipa del abuelo, que su tío guardaba con tanta devoción. Fue dando la vuelta a la casa. La ventana de la cocina también estaba cerrada. Guillermo se relamió pensando en los botes de mermelada que su tío escondía en la despensa. Aceleró el paso hasta llegar a la portezuela del sótano, que se abría a ras de suelo. No necesitó forzarla. Como había previsto, el candado seguía abierto, justo como lo había dejado la semana anterior. Descendió unos pocos escalones y cerró la portezuela tras de sí, echando un vistazo a su alrededor. Por los ventanucos cubiertos de telarañas se filtraba una luz blanquecina. Paseó su mirada por el viejo sótano polvoriento: una bombilla colgaba huérfana del techo. Estantes desvencijados llenos de cachivaches cubrían sus paredes. En el centro de la estancia había un bidón metálico y un par de cajones de madera. En la esquina, una estantería oxidada donde reposaba una caja de cartón de la que sobresalían un par de boyas y algunos anzuelos. Enrollada en el estante inferior, había una gran maroma. La vieja escalera que daba al interior de la casa ascendía justo frente al viejo fregadero del que escapaba de vez en cuando una gota de agua. Guillermo se demoró curioseando en un cajón lleno de revistas y sacó otro bombón aplastado antes de empezar a subir.
Estaba a la mitad cuando le sobresaltó el ruido de un motor que se acercaba. Parecía la vieja Chevrolet de nuevo. Bajó con cuidado los escalones aguzando el oído, cauteloso. Sí. No cabía duda. Reconocería el sonido de esa camioneta en cualquier sitio. Con un estertor final, el motor se detuvo ante la puerta principal. Al cabo de unos instantes, Guillermo oyó cómo se abría la puerta de la casa y escuchó las voces de sus primos.
- "¡Date prisa, renacuajo!" - oyó decir al mayor con su voz aflautada. - "Vamos a perder la marea".
Escuchó protestar su hermano y unos pasos que trotaban escaleras arriba. Guillermo cogió una revista del cajón y se sentó sobre una manta bajo el hueco de la escalera, dispuesto a esperar a que volvieran a marcharse. La portada de la revista mostraba un vistoso rótulo en letras encarnadas.
- "Cuando los dinosaurios poblaban La Tierra" - leyó en voz baja. Comenzaba a hojearla cuando la luz inundó repentinamente todo el sótano. La portezuela se abrió con un chasquido seco y la silueta del tío Enrique se dibujó en la escalerilla. Guillermo se acurrucó todo lo que pudo, temblando bajo manta. Su tío se acercó a la estantería de los aparejos de pesca y estuvo revolviendo un rato hasta que, tras una breve exclamación, pareció encontrar lo que buscaba. Gracias a Dios no se giró hacia él. Subió de nuevo por la escalerilla, refunfuñando con una mano en los riñones y salió dejando caer el portón pesadamente. Instantes después, la vieja Chevrolet tosió de nuevo y se puso en marcha. Con la excitación Guillermo se había olvidado de sus primos. Afinó el oído en busca de cualquier ruido, pero no se oía nada. Pasado un rato se decidió a abandonar su escondite. Volvió a subir por la escalera que daba a la cocina y pegó la oreja a la puerta. Giró el pomo con cuidado y tiró de él. Estaba cerrada. Lo intentó varias veces, empujando con el hombro la hoja. Su mano sudorosa resbalaba en el pomo metálico. Lo intentó de nuevo. Giró el pomo con ambas manos y golpeó fuerte con el hombro.- "Mierda. Esto no hay quien lo abra." - gruñó entre dientes, acariciándose el hombro dolorido. Volvió a bajar, encaminándose hacia la escalerilla. - "Voy a tener que romper la ventana de la cocina" - pensó mientras hacía un repaso mental de las ventanas del piso de arriba, intentando recodar si había visto alguna mal cerrada.
Subió los peldaños sujetándose aún el hombro maltrecho. No cayó en la cuenta de su situación hasta que empujó el portón y éste no cedió: su tío había echado el candado. Tres días después, prisionera en el frasco de cristal, murió la rana.

viernes, 3 de febrero de 2006

Se Vende por defunción

(www.selway.org)

La cálida luz de la tarde se filtraba entre las copas de los pinos. Me fastidiaba que María no me hubiera acompañado a conocer la casa, pero el encanto de aquel barrio residencial fue cautivándome a medida que conducía despacio por la solitaria avenida. Ocultos tras los muros cubiertos de hiedra se adivinaban los tejados de las villas. Mi curiosidad iba en aumento a cada instante. Cualquiera de aquellas mansiones valía diez veces el precio que decía la oferta. Un grupo de chiquillos en bicicleta pasó por la acera, rompiendo por unos momentos la tranquilidad del lugar. Las hojas secas se habían apoderado del vado que llevaba hasta la alta verja oxidada.
Junto a la entrada aguardaba una señorita vestida con un traje de chaqueta gris perla y falda de tubo. Recogía su cabello rubio y brillante en un moño alto muy elaborado. Era bonita, aunque su aspecto me resultó algo anticuado. A través del forjado se divisaba un jardín espacioso tapizado de césped, salpicado de parterres y grandes pinos. La joven me indicó por señas que esperara y, retirando las cadenas, empujó el portón. Se acercó al coche montando en el asiento del pasajero.
– Buenas tardes, le estaba esperando. Mi nombre es Teresa – instintivamente bajé los ojos hacia aquella mano blanquísima de largas uñas granates, fría como el hielo.
– Buenas tardes – respondí intentando ocultar el escalofrío que recorría mi espalda.
Tras la breve presentación, me instó a seguir la calzada que cruzaba el jardín. Mientras conducía despacio por el camino de grava, pude observar a placer la fachada neoclásica de la mansión. Se trataba de una sólida construcción de piedra sillar de dos pisos, con tejado de pizarra del que sobresalían una pareja de ventanas. Paré el motor en la pequeña rotonda, frente a las escaleras de granito de la entrada.
– Siento tener que insistir pero esta casa es, bueno... es mucho mejor de lo que imaginaba. ¿Seguro que el precio es correcto?
– Como le confirmé en nuestra conversación, el precio es el indicado y la casa está libre de cargas. Permítame que le muestre el interior. – se limitó a contestar.
Tras seguirla escaleras arriba, abrió la puerta de madera labrada y me indicó que esperara. Aguardé unos segundos en la penumbra hasta que la joven descorrió unas cortinas a mi izquierda. El efecto resultó impactante. Frente a mí se abría un amplio recibidor. Junto a la pared derecha ascendía una escalera de madera trazando una elegante curva, provista de una barandilla brillante y pulida que continuaba en la galería del piso superior. Bajo esta última había dos puertas y a mi derecha una tercera. Pero lo que me hizo contener la respiración fue la vista del salón situado a mi izquierda. Desde mi posición pude admirar la gran chimenea de granito que ocupaba la pared del fondo. La silueta de la joven se recortaba contra la luz que entraba por el alto ventanal, junto a dos sillones de estilo victoriano y una pequeña mesa de patas torneadas.
Avancé impresionado. La pared que daba a la fachada estaba cubierta por un gran espejo de marco dorado. Frente a la chimenea, algunas sábanas ocultaban lo que parecía un tresillo y una pareja de mesitas circulares. Al fondo, una gran mesa de caoba acompañada de una docena de sillas de respaldos estilizados. Me volví hacia la muchacha, que aguardaba sonriente. Tuve que reconocer que su sobrio traje gris armonizaba deliciosamente con aquel lugar.
– Estoy impresionado. Es aún más hermosa de lo que imaginaba – comenté admirando el cuadro de una dama de cabello dorado que colgaba sobre la chimenea.– ¿De quién es el retrato? – pregunté, a reparar en el curioso parecido entre ambas mujeres.
– Se trata de Doña Carmen de Mendoza, primera propietaria de la casa. Su marido mandó construir este edificio a finales de siglo. Permítame que le guíe por el resto de las dependencias. – me respondió con un tono suave pero firme.
Volvimos al recibidor. No me había fijado en la araña de cristal que llenaba aquel espacio de casi diez metros.
– Allí está la biblioteca. Es una de mis habitaciones favoritas – comentó dirigiéndose hacia una de las puertas que se abrían bajo la galería.
Al pulsar el interruptor pude admirar una sobria estancia de suelo entarimado. Disponía de una pequeña chimenea, frente a la cual esperaban dos sillones de orejas. A mi izquierda, un escritorio exhibía su cuidado trabajo de marquetería. A la derecha había un diván tapizado en color verde oliva. Las paredes estaban cubiertas por sábanas, pero una de ellas se había desprendido, mostrando una sólida estantería cargada de libros.
– ¿Los libros también están en venta? – pregunté pasando el dedo por los lomos de piel.
– Todo lo que hay aquí está incluido en el precio. Muebles, libros y ajuar. La casa está provista de vajilla, menaje, ropa de cama, enseres de jardinería y un sinfín de cosas. Como puede ver, podría quedarse a vivir aquí inmediatamente – sus ojos azules se clavaron por un instante en los míos, antes de bajarlos al suelo batiendo lentamente las pestañas – Sígame, por favor.
Abandonamos la biblioteca y abrió la puerta de la habitación contigua. El baño tenía el suelo de terrazo blanco, con pequeños rombos negros. Sobre el mueble del lavabo de madera oscura, había un espejo ovalado flanqueado por dos tulipas de cristal opaco. Una bañera con patas labradas reposaba bajo el esbelto ventanal.
– El baño – recitó lacónicamente, volviéndose hacia la puerta de entrada. La seguí hasta el centro del hall, acompañado por el eco de sus tacones. Reparé en sus zapatos negros y sobrios, de cómodo tacón ancho.
– Aquí está la cocina. – me indicó franqueándome la última puerta – como puede observar, dispone de un pequeño comedor, despensa y cuarto para la plancha.
Entramos en una habitación espaciosa, con el suelo igual que el del baño. El centro estaba ocupado por un mostrador cuadrado de baldosines, sobre el que colgaban cacerolas y otros utensilios. Como ella había dicho, había una pequeña mesa con cuatro sillas en un lateral y dos puertas gemelas en la pared del fondo. La pila con dos senos de porcelana blanca estaba situada bajo la ventana. La joven se dirigió hasta ella para descorrer las cortinas. Bajo la nueva luz pude observar la encimera con los fogones, bajo la cual se alojaban dos hornos de hierro colado con asas de color oro viejo. Me pareció algo antigua y así se lo hice ver.
– Las calderas y la cocina funcionan a gas. Quizá lo encuentre algo anticuado, pero se encuentran en perfecto funcionamiento. – contestó mientras abría las puertas del fondo.
Tras una de ellas pude observar una habitación vacía con un pequeño ventanuco. La otra daba a la despensa, una estancia más pequeña aún con las paredes forradas de estantes, en los que descansaba algún bote de cristal abandonado. La joven esperó pacientemente, apoyada en el mostrador del fregadero con las manos atrás, mientras yo inspeccionaba la habitación abriendo las puertas de los bajomuebles y revisando las alacenas donde descansaban la vajilla y la cubertería. Al pasar junto a ella sentí una extraña sensación. No pude evitar echar una mirada de reojo a su espalda, buscando sus manos. No sé que esperaba encontrar, un cuchillo o algo así. Meneé la cabeza avergonzado por mis pensamientos. Desde luego había algo extraño en ella, pero imaginar que fuera a acuchillarme por la espalda era cosa de paranoicos. Algo turbado, aguardé al pie de la escalera.
– ¿Subimos? – pregunté pegándome a la pared para hacerle sitio. Se había desabrochado un botón de la blusa de encaje, lo que provocó en mí más inquietud que otra cosa.
– La pared del recibidor está tapizada con telas venecianas. Éste cuadro de su derecha data del siglo XVII y corresponde al retrato de un antepasado de la familia – agregó indicándome un lienzo de dos metros de altura que mostraba el retrato de un hombre con un rico jubón ribeteado y una especie de boina de terciopelo con una pluma.
La joven me precedía en el ascenso. ¿Serían imaginaciones mías o movía sus caderas excesivamente cada vez que atacaba un nuevo peldaño?. Llegamos a la galería. Me llamó la atención el hecho de que únicamente se abriera una puerta en ella, sobre el salón principal. Teresa se dirigió hacia allí lentamente. No. Estaba seguro de que antes no se movía así. Mi inquietud iba en aumento y sentí que mis manos comenzaban a sudar. Se volvió apoyándose en la puerta, su mano derecha sujetando el pomo circular, una pierna ligeramente flexionada y el cuerpo describiendo una graciosa curva.
– Este es el dormitorio. ¿Quieres entrar, Pedro?
Sufrí un sobresalto al oír mi nombre en sus labios. No soy un mojigato, pero tenía un extraño presentimiento. Tardé unos segundos en dominarme. Aquello era una tontería. ¿Por qué razón se me iba a insinuar una joven tan bonita, precisamente a mí? Aquello estaba fuera de lugar. Mientras me convencía de que todo eran imaginaciones mías, ella giró el pomo de porcelana entreabriendo la puerta.
– A eso hemos subido, ¿no? – me quedé clavado, enrojeciendo al captar el doble sentido de mi frase: “Cálmate. Esto es una locura”. La turbación empezaba a dominarme y me sentía sumamente incómodo. Por un momento estuve tentado a salir corriendo de allí.
Dándose la vuelta se introdujo en la oscuridad de la habitación. Esperé azorado junto a la puerta, a la espera de que descorriera las cortinas o algo así. Finalmente oí un ligero chasquido y una lámpara iluminó la estancia con luz cobriza. Frente a mí encontré una cama con dosel de columnas policromadas, cubierta con una colcha de raso granate. Visillos de gasa colgaban de las esquinas, sujetos a las columnas con cintas doradas. El suelo estaba cubierto por una alfombra con arabescos. Di unos pasos vacilantes hacia el lecho. A ambos lados tenía sendas mesillas de madera pulida y oscura, donde descansaban unas pequeñas lámparas con tulipa a juego. Juraría que en la más lejana había un portarretratos con una imagen descolorida. Me giré. Teresa se había soltado el pelo. Su chaqueta descansaba sobre el banco del tocador. Tenía la blusa desabrochada y me miraba con ojos insinuantes. No supe reaccionar. Antes de que fuera consciente de lo que ocurría me encontré rodando entre las sábanas de raso. Hicimos el amor apasionadamente, en silencio. No volvió a abrir la boca hasta pasado un rato. Distraído, dibujaba con un dedo los arabescos de la alfombra sobre su vientre.
– Dime, amor. ¿Te gusta la casa? Como puedes ver, tiene un equipamiento muy completo. – Sus palabras me devolvieron a la realidad. Intrigado, decidí que había llegado el momento de conocer todos los secretos que se me ocultaban.
– Es realmente maravillosa. Y me encantaría poder vivir aquí para siempre. Pero dime, ¿Por qué tiene un precio tan bajo? En el anuncio sólo decía que urgía por defunción. No creo que sus dueños actuales estén dispuestos a regalar así esta fortuna.
– En efecto, el anuncio dice "Urge por defunción”, pero no indica en qué circunstancias se produjo.
Bajando un poco la voz, continuó:
– Es una historia triste. Los últimos inquilinos eran una linda pareja de recién casados. Yo misma le vendí la casa al marido, que la compró como regalo de bodas para su esposa. No se sabe qué sucedió. Al parecer discutieron por la decoración de la casa. Él quería mantenerla como estaba a toda costa, mientras que ella se empeñó en redecorarla de arriba a abajo. Lo cierto es que, en medio de una disputa, el hombre mató a su esposa y se suicidó después.
Reconozco que el relato me impresionó vivamente pero me inquietó más aún su frialdad, arreglándose las uñas distraídamente mientras contaba tal atrocidad. Comencé a sentir frío. Un ligero temblor recorrió mi espina dorsal.
– Es tarde. Debo marcharme ya. – me excusé comenzando a vestirme.
– Pero no me has contestado. – protestó con un mohín - Te vas a quedar la casa, ¿verdad?
Repentinamente me sentí atemorizado. Terminé de vestirme a toda prisa.
– Tengo que consultarlo antes. – tartamudeé antes de salir – Te llamaré mañana mismo.
Abandoné la casa precipitadamente. La puerta aún estaba abierta. Crucé el recibidor como alma que lleva el diablo. Arranqué el coche y salí de allí disparado. Nada más cruzar la verja, paré el motor. Recordé que llevaba mi cámara digital en la guantera. Avancé con precaución unos pocos pasos dentro del jardín y tiré varias fotos a la fachada de la casa, el jardín con los parterres y la rotonda de la entrada. Sentí un sobresalto cuando me pareció ver que uno de los visillos del piso superior se movía. Apunté el zoom hacia allí y disparé. No quise tentar más a la suerte, asustado como estaba, y montando en el coche salí disparado hacia la ciudad.
Llegué a mi casa más tarde de lo debido. Tenía un mensaje de María en el contestador: me citaba para cenar en nuestro restaurante habitual. Llegué a tiempo de milagro.
– ¿Qué tal ha ido con la agencia, has visto la casa? – me preguntó ansiosa nada más pedir la carta.
– Sí. He estado allí toda la tarde.
Pasé a describirle la casa, el jardín, el salón y las habitaciones. Ella se mostraba incrédula, interrumpiéndome a menudo.
– Pero... ¿has visto la vajilla? ¿Era de porcelana?
Aunque no recordaba todas las cosas que me preguntó – ni idea de si los cubiertos eran de acero del 18 o de plata – creo que se hizo una imagen clara del tesoro que albergaba la mansión, como yo insistía en llamarla. María no se lo podía creer. Le conté la tétrica historia de los inquilinos. A pesar de ello, ambos coincidimos en que no parecía suficiente razón para tal regalo. Esperábamos los postres cuando vinieron a mi memoria las fotos.
– ¡Ah, tengo unas fotografías que hice al marcharme! – exclamé recordando de repente.
María se mostró ansiosa por verlas. Tanto, que tuve que volver al coche a por la cámara. La encendí y, acercando nuestras cabezas, seleccioné el último fotograma. María me miró extrañada. La foto mostraba una ventana de madera desvencijada, con algunos restos de pintura blanca, una de las hojas descolgada y los cristales rotos. Estaba rodeada de ramas de hiedra secas, que colgaban lastimosamente de una vieja pared de piedra.
– Me habré equivocado de foto – acerté a decir, atónito. Pasé a la foto anterior. En ella se mostraba un árbol alto y medio seco con el tronco devorado por la hiedra, sobre un suelo lleno de maleza y basura.
– ¿Esta es la famosa mansión? – rió María. – ¿dónde has tirado estas fotos, cariño?
Mi extrañeza iba en aumento. Pasé a otra. Juraría que había retratado los hermosos parterres de violetas y tulipanes. Allí únicamente se mostraba una especie de solar con unos cubos de pintura oxidados y lo que parecía el esqueleto de un sillón de muelles. Volví a pasar. Era la foto de la fachada de una casa en ruinas con una vieja puerta de madera medio arrancada de sus goznes y carcomida por el tiempo. María comenzó a preocuparse. No entendía lo que pasaba, pero mi gesto le indicaba que no se trataba de una broma. Llegué a la primera foto. En ella se mostraba la fachada ennegrecida por el humo de un antiguo caserón con el techo derrumbado y uno de sus laterales derruido. Hasta la puerta ascendían unos peldaños semienterrados de piedra negruzca. Perplejo, quise quitarle hierro al asunto.
– No lo entiendo, juraría que la cámara estaba encendida. – mentí toqueteando los botones – Éstas deben ser del último viaje. Lo mejor es que me acompañes mañana allí y la veas con tus propios ojos.
Ella asintió y no volvimos a tocar el tema en toda la velada. La dejé en casa de sus padres y nos citamos para el día siguiente.
Aquel día, septiembre nos saludó con una tarde ventosa de luz dorada. Conduje despacio por la urbanización, mostrándole a María la zona, deliciosamente umbría y tranquila. Admiramos con detenimiento las villas señoriales espiando a través de las verjas forjadas. Yo miraba de reojo a María, ilusionada con el entorno de grandes pinos, el fresco olor a vegetación y a humedad. Finalmente llegamos frente a la mansión. Allí estaba ella, tras la verja entreabierta. Llevaba el mismo traje del día anterior, el mismo peinado. Paré el motor y me acerqué a su lado.
– Me alegro de que estés aquí. He traído a mi prometida para enseñarle la casa – saludé haciendo un ademán hacia el coche.
– ¿Qué prometida? No entiendo por qué intentas herirme, ¿Acaso es una broma? – contestó mirando hacia el vehículo.
Me volví. En el coche no había nadie. No había oído bajar a María y regresé intrigado. Su puerta estaba cerrada, el seguro bajado. Escudriñé los alrededores, preocupado. No se la veía por ningún lado. Comencé a angustiarme.
– Ven conmigo. He encendido la chimenea para ti. – me alargó su mano la muchacha, insinuante.
Pero yo seguí buscando a María. Comencé a llamarla a voces. Mi angustia iba en aumento a cada segundo. ¿Qué estaba ocurriendo?
– ¡María, María! – abrí la puerta del coche buscando el móvil.
Quedé paralizado. Allí estaba, sentada tal y como acababa de dejarla. Me miraba un tanto enfurruñada.
– ¿Qué haces?¿A qué viene esas voces, te crees que estoy sorda? – preguntó frunciendo el ceño.
– Perdona, cariño, no te veía, pensé que habías salido del coche – balbuceé, aún perplejo.
– Ya. ¿Qué le decías a esa vieja pordiosera?
– ¿Qué vieja? – repuse extrañado – yo no he visto... – volví mis ojos hacia la puerta forjada. Teresa había desaparecido.
– Ésa anciana con la que hablabas. Bueno, ¿me llevas a la famosa casa, o nos vamos a quedar toda la tarde delante de este estercolero? – cortó con una nota de impaciencia en la voz.
Yo no entendía nada. A través de la forja, resaltaba la hermosa mansión bañada con la luz dorada de la tarde. Los parterres de violetas destacando contra el césped recortado, los árboles centenarios mecidos suavemente por el viento. Sus palabras interrumpieron mis pensamientos, tornando mi perplejidad en terror:
– Oye, ¿No son éstas las ruinas de las fotos de anoche?
(www.fallofusher.com)

miércoles, 1 de febrero de 2006

Adios, compañero

Querido compañero:

Cuantos años hemos pasado juntos, desde aquel lejano día en que te cruzaras en mi camino de adolescente tímido.

En aquellos días, mis preocupaciones se limitaban a hacerme un hueco en la pandilla e impresionar a alguna que otra muchacha. Y allí estabas tú para ayudarme, prestándome ese aire de desenfadada arrogancia que me permitía simular una madurez que estaba aún lejos de poseer. ¡Qué tiempos aquellos! Aún me veo apoyado indolente en la esquina de los billares, sosteniendo con desfachatez la mirada retadora de El Rubio, a salvo entre tus volutas azules. Winston americano. Ahí es 'ná'. Dejaba el paquete bien a la vista sobre la mesita de cristal de la discoteca. Ninguno de mis compañeros podía competir con eso. Invariablemente, todas las chavalas que se acercaban al grupo acababan por tomar el paquete en sus manos. "¿Me das uno?" Sus pestañas batían el aire enrarecido y sus ojos se posaban en los míos, alisando sus falditas a cuadros con gesto coqueto.

Más adelante, ¡con qué placer aspirábamos tu humo Lucía y yo aquellas tardes, en el asiento trasero del Simca mil!

Poco después, tú me ayudaste a acortar las largas horas de espera en la mili, mientras soportaba el frío encogido bajo la áspera manta. Fuiste mi refugio cuando necesitaba hacer un descanso en las noches de estudio en la facultad. Tu ayuda me infundió de nuevo una seguridad que estaba lejos de sentir en la entrevista con el señor Ramírez, cuando por fin me admitieron en el periódico.

Nunca olvidaré con qué orgullo repartía mi padre aquellos habanos el día de nuestra boda. Como sólo permitían traer un cartón por persona, cuando volvimos de nuestro viaje de novios a Canarias, engatusamos a la mitad del Inserso para que nos escondieran el resto en sus maletas.

Aquella otra larga noche mientras esperábamos a que naciese Clara, tú fuiste mi única compañía en la solitaria sala del hospital. Al día siguiente, el padre de Lucía vino desde el pueblo cargado de puros para repartir a toda la familia. Tú fuiste otra vez mi refugio en las noches en vela en la edición del periódico, esos años que estuve doblando turnos. Fuiste el bálsamo que alivió mis heridas cuando Lucía y yo empezamos a sufrir aquellas eternas discusiones. Aún me parece ver a Lucía el día que firmamos los papeles del divorcio, con aquel cigarrillo negro en sus manos. En ese mismo instante supe que se había enrollado con su peluquero: Jacinto y su apestoso Ducados.

Hemos pasado muchas horas juntos, sí. Horas tristes y alegres, horas de nervios y de alegría, amigo mío. Pero no me queda más remedio que dejarte. Ese maldito matasanos me ha dado un ultimátum: somos o tú, o yo. Por eso, querido compañero, hoy me despido de ti. La vida es injusta, ya lo sé, pero no puedo hacer otra cosa. Igual que un día Lucía me dejara por Jacinto, hoy soy yo el que te deja. Pero yo no voy a mentirte como ella. Yo voy a ser sincero contigo.

Querido compañero: desde hoy te cambio por un parche.